
Durante años de estudio sobre la civilización griega, una pregunta me ha perseguido constantemente: ¿cómo es posible que un mundo tan ferozmente marcado por la guerra pudiera también regirse por normas, valores y límites compartidos entre enemigos? Y es que hablar de las leyes de la guerra en la Antigua Grecia no es hablar de tratados escritos ni de códigos firmados por generales. Es hablar de honor, religión, tradición y moral colectiva. Es entender que incluso en el fragor del combate, las polis griegas no eran del todo libres de actuar como quisieran.
Lo fascinante de este universo es que las guerras no eran un caos sin orden, sino que seguían patrones muy definidos: se respetaban las fechas religiosas, se firmaban treguas sagradas, se evitaba atacar templos y se trataba a los prisioneros de manera regulada por la costumbre. Las reglas no siempre se respetaban, claro, pero existían. Y ese simple hecho las convierte en un fenómeno digno de explorar.
En este artículo me adentraré en ese entramado invisible pero poderoso de normas, limitaciones éticas y usos compartidos que definieron el modo en que los griegos concebían el conflicto armado. Porque si bien hoy el derecho internacional regula la guerra, fue en la Grecia clásica donde empezó a nacer la idea de que incluso en la guerra debe haber límites.
El contexto bélico de la Antigua Grecia
Antes de hablar de leyes o normas, es crucial comprender el contexto. La Antigua Grecia era una sociedad profundamente militarizada. No hablamos de un único Estado, sino de un mosaico de ciudades-estado independientes (polis), como Atenas, Esparta, Tebas o Corinto. Estas polis estaban en constante rivalidad entre sí, y la guerra era casi una condición estructural de su existencia.
Las guerras podían tener múltiples causas: disputas territoriales, revanchas históricas, conflictos comerciales o simplemente el deseo de demostrar superioridad militar. La lealtad estaba siempre con la polis propia; no existía un concepto de “nación griega” como tal, aunque sí un fuerte sentimiento de pertenencia cultural común: lengua, religión, mitología y costumbres.
Los combates solían darse en forma de batallas campales entre hoplitas, soldados de infantería pesada armados con lanzas, escudos y corazas. El modelo de guerra era rápido, directo y simbólico: dos ejércitos se encontraban en campo abierto, se enfrentaban en formación cerrada (falange), y el que rompía la línea del enemigo ganaba.
Este tipo de guerra permitía que la violencia estuviera limitada en el tiempo y el espacio. No se destruían ciudades al completo (al menos no en los primeros siglos), ni se arrasaba todo a su paso. Esto favoreció la aparición de ciertas normas no escritas que regulaban la guerra, permitiendo que la polis derrotada se recuperara y se mantuviera el equilibrio entre rivales.
En resumen, la guerra era una herramienta habitual, pero no arbitraria. Y eso preparó el terreno para que surgieran formas rudimentarias de leyes de guerra.
¿Existían leyes de guerra en tiempos antiguos?
Cuando pensamos en “leyes de guerra” solemos imaginar tratados escritos, convenciones firmadas por diplomáticos o acuerdos internacionales como los de Ginebra. Pero en la Antigua Grecia, nada de eso existía formalmente. Lo que sí existía era un sistema de normas consuetudinarias, es decir, reglas compartidas por costumbre que guiaban el comportamiento de los actores en guerra.
Estas normas no eran leyes en el sentido moderno, pero su peso social era tan fuerte que violarlas podía tener consecuencias devastadoras: pérdida de aliados, condena pública, y en algunos casos, intervención de los dioses. Porque para los griegos, la guerra no solo era un acto humano, también era un escenario donde se medía el favor o la ira divina.
Entre estas normas no escritas, se encontraban:
- No atacar durante festividades religiosas ni en tiempos de tregua sagrada.
- Respetar los templos, altares y símbolos religiosos del enemigo.
- Permitir la recuperación de los cadáveres tras la batalla.
- Evitar el exterminio total de la polis rival.
- Tratar a los prisioneros con ciertas reglas de intercambio o esclavitud regulada.
Estas reglas no eran absolutas ni siempre se cumplían, pero formaban parte de una “ética de la guerra” aceptada por muchas polis. Es aquí donde podemos hablar, con justicia, de una protomoral bélica helénica, una forma antigua y no codificada de lo que hoy sería el derecho de guerra.
El papel de la religión: templos, oráculos y la tregua sagrada
Uno de los pilares de estas normas de guerra era sin duda la religión. En la Grecia antigua, los dioses no eran ajenos a la guerra. Ares, Atenea, Zeus o Apolo influían directamente en el resultado de los combates, y era común consultar oráculos como el de Delfos antes de declarar la guerra. La religión funcionaba como regulador moral y social incluso en contextos bélicos.
Un ejemplo notable es la ekecheiria, o tregua sagrada, que se instauraba en épocas de los Juegos Olímpicos. Durante este periodo, estaba prohibido iniciar campañas militares o atacar a cualquier viajero que se dirigiera a las festividades religiosas. Esta regla no solo se respetaba, sino que su transgresión era vista como un acto de barbarie, incluso entre enemigos jurados.
Además, existía un respeto profundo por los templos y lugares sagrados. Aunque en algunas campañas se cometieron excesos, en general se evitaba deliberadamente el saqueo de templos enemigos. Hacerlo era invocar la furia de los dioses, lo cual podría revertirse en una derrota humillante.
También había rituales asociados al inicio de la guerra, como sacrificios, juramentos colectivos y consultas a los adivinos. La guerra no era solo táctica o política, era un acto ritualizado, y romper los códigos religiosos era considerado un acto que deshonraba no solo al ejército, sino a toda la polis.
El código no escrito: normas compartidas entre polis
Entre las ciudades-estado griegas se formó, con el tiempo, un entendimiento común sobre ciertos límites en la guerra. A pesar de ser rivales acérrimos, existía una fuerte identidad cultural compartida: hablaban el mismo idioma, adoraban a los mismos dioses, y se consideraban descendientes de los mismos héroes. Esta “helenicidad” creó el terreno fértil para un código de guerra informal pero eficaz.
Por ejemplo, se esperaba que los cadáveres de los enemigos caídos fueran devueltos a su polis para recibir sepultura, lo cual se consideraba un derecho sagrado. Negarse a permitirlo era visto como un acto infame, y podía causar el repudio de otras polis.
También era común establecer reglas para los asedios: se ofrecía la rendición con condiciones antes de arrasar una ciudad. Si los defensores rechazaban la oferta, el vencedor se consideraba libre de actuar con dureza, pero el primer paso era casi siempre diplomático.
Este código no era perfecto ni universal, pero funcionaba como un sistema de checks and balances cultural. Quien violaba sistemáticamente estas normas, como Esparta en algunos episodios, corría el riesgo de convertirse en un paria político.
El honor del hoplita: moral, disciplina y límites
Una parte fundamental del sistema ético de guerra griego era el honor del hoplita, el soldado ciudadano que defendía su polis. El hoplita no era un mercenario ni un profesional de la guerra: era un agricultor, comerciante o artesano que se armaba y entrenaba por deber cívico. Por tanto, su conducta en el campo de batalla estaba regida no solo por estrategia, sino por el honor personal y colectivo.
Los hoplitas luchaban cuerpo a cuerpo, protegidos por sus compañeros de fila, en una falange que solo funcionaba si todos mantenían la formación. La cobardía era duramente castigada, y el abandono del escudo era considerado una traición. Sin embargo, al mismo tiempo, existía la expectativa de no comportarse como un bárbaro: no matar a los heridos, no perseguir innecesariamente a un enemigo en fuga, no mutilar cadáveres.
Este código de honor creaba un sistema de contención: sí, se peleaba con fiereza, pero no con salvajismo. El enemigo podía ser derrotado, pero debía ser respetado como rival digno. Esta idea de una areté (excelencia) en la guerra, donde se medía no solo la victoria sino la forma en que se obtenía, es una de las raíces del pensamiento ético occidental.
Tratamiento de los vencidos: prisioneros, saqueo y respeto
Una de las expresiones más claras de las leyes no escritas de la guerra griega era el tratamiento que se daba a los vencidos. Aunque la esclavitud era una práctica común —y muchas veces los prisioneros eran vendidos— existían ciertos límites culturales que evitaban excesos brutales, al menos entre polis griegas.
Lo primero que solía ocurrir tras una victoria era la negociación de la devolución de los cuerpos caídos, un proceso cargado de solemnidad. Incluso en conflictos encarnizados, como los de la Guerra del Peloponeso, se respetaba este derecho. Se enviaban heraldos para solicitar una tregua temporal con el fin de recoger los cadáveres, lo que se consideraba un acto de humanidad básico.
En cuanto a los prisioneros, su destino dependía de múltiples factores: estatus social, posibilidad de rescate, acuerdos previos entre polis o alianzas. No era raro que algunos fueran ejecutados, especialmente si eran considerados traidores o líderes enemigos. Pero en muchos casos se los mantenía con vida como instrumento de negociación o fuente de ingresos, especialmente si pertenecían a familias pudientes.
Respecto al saqueo, existía una línea moral más difusa. Saquear ciudades vencidas era una práctica aceptada, pero con reservas. Los templos y las casas de los ciudadanos solían estar protegidos por normas religiosas, aunque no siempre se respetaban. Sin embargo, cuando un ejército arrasaba sin medida, se ganaba la reputación de impío, lo cual podía aislar políticamente a la polis agresora.
En definitiva, el tratamiento a los vencidos era un equilibrio entre la lógica militar, la tradición religiosa y la presión cultural por no convertirse en un bárbaro. Este es un aspecto clave de cómo la guerra griega estaba contenida por un marco moral.
Esparta vs Atenas: visiones opuestas sobre la guerra justa
No todas las polis compartían exactamente el mismo código moral. Y si hubo dos ciudades-estado que encarnaron visiones diferentes de la guerra, esas fueron Esparta y Atenas. Ambas desarrollaron concepciones del conflicto profundamente distintas, que influyeron en su conducta bélica y en su forma de entender las normas de la guerra.
Esparta, ciudad militar por excelencia, criaba a sus ciudadanos desde la infancia para el combate. El agogé, su sistema educativo, formaba guerreros disciplinados, estoicos y letales. Para los espartanos, la guerra era parte esencial de su identidad, y la obediencia al estado primaba sobre cualquier otra consideración. Sin embargo, incluso ellos respetaban ciertas reglas: se negaban a atacar templos, participaban en las treguas sagradas y seguían códigos estrictos de conducta en el campo de batalla. La brutalidad espartana no implicaba ausencia de límites; al contrario, su rigidez también se aplicaba a la moral militar.
Atenas, en cambio, valoraba más la diplomacia, la astucia y el debate político. Aunque su ejército también era temido, especialmente su flota, los atenienses eran más proclives a cuestionar la legitimidad de la guerra y a discutir los términos del conflicto. En la tragedia griega, por ejemplo, abundan las críticas a la violencia sin sentido y las reflexiones sobre la justicia en la guerra. Autores como Eurípides expresaban públicamente la necesidad de contener la barbarie y respetar los principios humanos, incluso en la victoria.
Este contraste entre Esparta y Atenas refleja un debate profundo sobre qué significa una guerra justa, y hasta dónde deben llegar los límites del honor, el castigo y el respeto. Un debate que sigue vigente hasta hoy.
Influencia de estas leyes en el pensamiento occidental
Hablar de las leyes de la guerra en la Antigua Grecia no es solo un ejercicio académico. Es también mirar hacia el origen de conceptos que más tarde formarían el derecho de guerra en Roma, el pensamiento cristiano sobre la guerra justa, y finalmente las convenciones internacionales modernas.
Autores como Tucídides y Jenofonte ya reflexionaban sobre los dilemas éticos de la guerra. Tucídides, por ejemplo, en su Historia de la Guerra del Peloponeso, no solo narra hechos, sino que expone argumentos sobre la justicia, la moral del poder y las consecuencias de la guerra sin reglas. En su relato del “diálogo de los melios”, los atenienses justifican su invasión por pura fuerza, y los melios apelan a la moral. El conflicto termina en masacre, pero la lección queda clara: cuando la guerra ignora la moral, todos pierden.
En siglos posteriores, filósofos romanos y cristianos tomarían este legado. Cicerón hablaría de “guerra justa” (bellum iustum), y Santo Tomás de Aquino desarrollaría los primeros conceptos sistemáticos de ética militar cristiana, todos ellos influidos —aunque indirectamente— por el ejemplo griego de contener la violencia con principios.
Y ya en la Edad Moderna, pensadores como Grocio, padre del derecho internacional, retomarían esa herencia para sentar las bases de los códigos actuales sobre conflictos armados. La idea de que la guerra debe tener límites y respetar normas comunes nació, al menos en parte, en la experiencia helénica.
Conclusión
Tras años leyendo textos clásicos, analizando batallas y comprendiendo la lógica interna de las polis griegas, me resulta claro que la guerra en la Antigua Grecia fue mucho más que un simple enfrentamiento violento. Fue una manifestación de valores, una extensión de la cultura y una prueba de que incluso entre enemigos puede haber acuerdos tácitos sobre lo que está permitido y lo que no.
Las leyes de la guerra en la Antigua Grecia nos muestran que el conflicto no excluye la moral, y que incluso sociedades que vivían entre guerras constantes supieron establecer límites compartidos. Hoy, cuando el mundo sigue enfrentando guerras devastadoras, recordar que hace 2.500 años ya existía la noción de “no todo vale” en la guerra, nos devuelve una lección poderosa: la civilización no se mide en la ausencia de violencia, sino en cómo la regulamos.